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El amor, probablemente, es el valor más elevado que todos los seres
humanos desean experimentar desde el momento del nacimiento hasta la
muerte. El amor verdadero y desinteresado se ha vuelto tan inusual que la
mayoría de las personas se cuestionan su existencia. El amor verdadero implica la capacidad de respetar a los demás tal como son y ser capaces de dar sin esperar un retorno por ello. Tal amor nos proporciona libertad y un espacio para crecer y expresar nuestra singularidad. A menudo, sin embargo, no mantenemos la distancia adecuada entre nosotros y aquellos a quienes amamos y entonces, en lugar de dar de manera desinteresada, empezamos a tener expectativas, demandas y sentimientos de posesividad. Cuando confundimos el amor con el apego, empezamos sin darnos cuenta a crear ataduras con los demás. Los signos del apego o posesividad son las preocupaciones, el miedo, la inseguridad, los celos y finalmente, el sufrimiento. Este amor no sólo destruye la amistad y las relaciones en general sino que nos hace perder el respeto hacia nosotros mismos, nos vuelve dependientes e inestables. Por supuesto, el ser humano necesita amor y respeto, pero hemos de comprender que no vamos a recibirlo sólo por pedirlo o esperarlo o considerando que es nuestro derecho. El amor y respeto de todos lo ganamos cuando comprendemos que el primero que debe darlos soy yo mismo. |
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Cuanto más damos a los demás, con una actitud altruista, es decir, sin
esperar un retorno por ello, más recibiremos, de no ser así puede que demos
mucho y no recibamos nada a cambio. |
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Desarrollar una actitud espiritual y elevada requiere comprender y
practicar una virtud a menudo incomprendida, pero esencial en
nuestro desarrollo interno: el desapego.
Una práctica muy beneficiosa es la de posicionarnos como un
observador desapegado. La actitud y el estado interno de un observador desapegado nos libera de absorber las influencias de cada palabra, sentimiento y actitud, evita que nos impliquemos en exceso en lo que está sucediendo y nos permite transformar nuestras tendencias reactivas. Observar nos proporciona paciencia y claridad para pensar y actuar con precisión. Observar crea un foco interno que nos permite ver la realidad con mucha más objetividad. Fortalecemos el desapego cuando comprendemos y practicamos la conciencia de ser un depositario. Tenemos una relación con todo lo que nos rodea. Obviamente, la relación que tenemos con las personas y objetos de nuestro entorno inmediato es más íntima que con el resto del mundo. Con frecuencia, la relación se vuelve en mayor o menor grado posesiva. En nuestras mentes pensamos que poseemos cosas como coches y casas, trabajos y proyectos, posiciones, y quizás incluso otras personas. Lo que olvidamos es que no podemos poseer nada. Podemos cuidar, podemos usar, podemos disponer. Pero no podemos poseer. Como reza el dicho: cuando te vayas, no puedes llevártelo contigo. Y sin embargo, es la idea de posesión la que yace en la raíz de todos los miedos y conflictos. El miedo a la pérdida, el miedo a no poder conseguir lo que ya hemos decidido que es nuestro en nuestras mentes. Por tanto, ¿qué relación mejor podemos elegir que se lleve todos nuestros miedos? La de ser un depositario. En el río de la vida, todo nos llega en confianza, para que lo usemos con sabiduría y después lo soltemos. La conciencia del depositario nos libera de la tensión de codiciar y almacenar. Vernos como depositarios de todo lo que recibimos, incluso de nuestro cuerpo, fortalece nuestra capacidad innata de cuidar de todo y de todos con amor y dignidad. Es un sentimiento mucho más relajante para relacionarnos con todo aquello (personas y recursos materiales) que tenemos el privilegio de recibir en la vida. Finalmente, es con desapego y con la conciencia de un depositario, que podemos experimentar el amor de Dios. Del mismo modo que la rosa está desapegada de las espinas que posee y sigue esparciendo su fragancia, un alma desapegada desarrolla la capacidad de no influenciarse por las personas o circunstancias que la rodean. Su conciencia va más allá de las cosas limitadas y permanece en conexión con lo ilimitado. El amor de Dios es ilimitado, no fluctúa y es constante. Pero para experimentarlo más plenamente es necesaria la introversión junto al desapego. Se recuerda del Ser Supremo que es el Océano del Amor, por tanto Su amor es interminable. La belleza del amor de Dios es que proporciona al alma la experiencia de todos los logros. Pero para lograrlo, es necesario practicar desapegarse de todas las influencias limitadas y permanecer absorto en los logros espirituales ilimitados. Tales logros son los que permiten al alma acumular fortaleza, felicidad y amor espiritual, entre otros muchos tesoros. |
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Desapego es una palabra a menudo poco comprendida. Desapego no
significa cortar con nada. No significa alejarse. Significa aprender a
separar dos cosas distintas, el mundo exterior y el mundo interior, y ser
capaces de diferenciar estos dos mundos.
En el exterior están nuestros trabajos, estudios, economía, relaciones, etc. En el interior están las cosas sutiles que no se pueden medir fácilmente, cosas que no son físicas: nuestros sentimientos, emociones, conciencia y personalidad. Todas estas cosas se generan en nuestro mundo interno, dentro de nuestra propia identidad espiritual. Estos son los ingredientes con los que yo, el observador desapegado, puedo experimentar creativamente en el arte de pensar y puedo usar en el arte de vivir. Necesitamos fortaleza para permanecer libres de la influencia de los demás. El desapego es esta fortaleza. Si no logramos permanecer desapegados de las influencias no seremos capaces de mantener nuestros pensamientos bajo control. Eso repercutirá en una pérdida de bienestar interno. El primer paso en el desapego es comprender quién somos como entidad espiritual. Esto nos permite “desapegarnos” de nuestra identidad física y de su mundo de pensamientos y sentimientos limitados, y “apegarnos” en cambio a nuestra personalidad espiritual, el ser interior de paz y poder. La vida diaria está llena de desafíos a este desapego. Por un lado estará nuestra conciencia espiritual, pero por el otro estará la atracción hacia los seres humanos y el mundo material. El desapego, como se ha mencionado, no significa separarse de éstos, sino permanecer consciente de nosotros mismos como seres espirituales y desempeñar nuestro papel en el mundo. El desapego es, pues, mantenerse centrado en la propia espiritualidad. |
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Es mucho mejor observar que absorber cada palabra, sentimiento y
actitud, que involucrarse en exceso, o reaccionar demasiado. Observar
nos da la paciencia y la claridad para pensar y actuar apropiadamente.
Observar crea un foco interno que nos permite ver la realidad con mayor
claridad y precisión. |
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Solemos pensar que el mundo sería un lugar mucho más agradable si
todos nos rigiéramos por valores humanos elevados y espirituales. Pero es
muy poco lo que hacemos para ayudar al florecimiento de tales valores,
ya sea en nuestro hogar, nuestra comunidad o nuestra sociedad. El secreto para lograrlo es regir nuestra vida por los valores en que creemos, y hacerlo de tal modo que no sólo los valores hablen por sí mismos sino que también influencien a los demás. Veríamos entonces cómo todo parece cambiar mágicamente a medida que los valores enriquecen nuestras relaciones y aumenta nuestra capacidad para hacer que en nuestra vida y la de los demás sobrevengan cosas buenas. De hecho, los valores sólo adquieren importancia cuando los hacemos nuestros conscientemente e intentamos vivir de acuerdo con ellos. De nada sirven si los mantenemos confinados en el mundo de las ilusiones, a la espera de tiempos mejores. Los valores son guías para la conducta y debemos dejar que arraiguen en nuestra mente, que florezcan en nuestro corazón y se expresen en nuestras acciones, hasta que pasen a ser parte constitutiva de nuestros pensamientos, nuestro ser y nuestra conducta. A fuerza de poner en práctica un valor de un modo constante, éste se vuelve un hábito y acabamos por expresarlo espontáneamente sin que tengamos que sopesar antes los pros y los contras de tal conducta. Estos buenos hábitos son virtudes. Una virtud es una fuerza silenciosa que está llena de belleza, pero que tiene a la vez todo el poder de la verdad. Las virtudes nos colman el corazón y dan sustento a nuestra alma, de modo que nuestras acciones devienen obras de arte que confortan y nutren a los demás y dan significado a lo que somos y hacemos. Así como los valores son los componentes básicos de la virtud, el elemento guía de ésta es la pureza de la espiritualidad, una espiritualidad que nos induce a volver los ojos hacia nuestro mundo interior, a mirar más allá de lo físico para ver el alma y recordar que el Ser Supremo es la fuente de todas las virtudes. |
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